miércoles, 14 de julio de 2010

Método y Ética Socrática


Sócrates se opuso al relativismo mostrado por los sofistas. Esta oposición lo llevó al deseo de establecer la definición universal. En Sócrates es evidente que esta búsqueda de definición universal no sólo tiene un valor teórico sino también un valor evidentemente práctico. Esta es la base fundamental del pensamiento socrático. En tal sentido, crea un método inductivo expresado en forma de diálogo.

Para los sofistas, conceptos como virtud y moral no son susceptibles de una definición universal; pues, ellos parten de un relativismo gnoseológico y moral. Por el contrario, Sócrates afirma que estos conceptos sí son susceptibles de definición; y por ejemplo, lo justo es lo mismo para todas las ciudades y ciudadanos; pues su valor es universal. En tal sentido, con la definición del problema moral, entre otras, se supera el relativismo sofista.

Ahora bien, ¿Cómo se procede para obtener las definiciones universales? Sócrates lo resuelve formulando un método inductivo con bases en el diálogo; denominada: La dialéctica. En este método el razonamiento inductivo nos lleva a determinar las definiciones universales. El método socrático está constituido por dos fases, a saber; la Ironía y la mayéutica.

El objetivo de la primera fases; la ironía, es lograr el reconocimiento de nuestra ignorancia a través del análisis práctico de definiciones concretas. En tal sentido, el interlocutor reconoce el desconocimiento de la definición. Requisito fundamental para emprender la búsqueda de la verdad.

Aplicando la ironía, Sócrates entablaba conversaciones con “quien lo quisiera escuchar”, desde el humilde comerciantes hasta con las personas consideradas como sabias por la generalidad; filósofos, poetas y artístas. Sócrates era conciente de su propia ignorancia y de la ignorancia que lo rodeaba; de tal manera en la ironía hacía ver a las personas que era más lo que creían saber que lo que sabía. Haciéndose para por completo ignorante cuestionaba los criterios del interlocutor, llevándolo a ver su propia ignorancia.

Es en la segunda fase; la mayéutica, en la cual se busca la verdad, de las definiciones universales. De esta forma, la dialéctica empieza buscando la definición de conceptos básicos, ampliando los horizontes de las definiciones, haciéndolas más complejas, hasta llegar a determinar las definiciones universales.

Con el diálogo socrático se busca “iluminar” al interlocutor, extraer de su alma por medio de preguntas lo que él ya sabía. En este punto es importante hacer notar que Sócrates creía en el alma y era ésta la contenedora de los conocimientos; y solo era necesario escuchar al alma para obtenerlos. Esta idea influyó de forma importante a su discípulo Platón.

Sócrates desestimó en valor de la palabra escrita; por lo tanto, no dejó ningún documento escrito; y, todo lo que conocemos de Sócrates es por mención de otros autores, principalmente de su alumno Platón. Sin embargo, es menester indicar que en los diálogos desarrollados por Platón, los relacionados a Sócrates, no se llega jamás a alcanzar las definiciones universales perseguidas; lo cual resulta ser desconcertante, y para muchos irritante. No es por ninguna causa que el método empleado por Sócrates ganara muchos detractores tanto en el momento como en la posteridad de la vida del filósofo. Por otro lado, no era ni es fácil asumir la propia ignorancia como puerta de entrada para el conocimiento; cuando tenemos la mejor opinión de nosotros mismos.

Evidentemente las verdades perseguidas por Sócrates no eran de carácter teórico, buscaba verdades prácticas, útiles para mejorar la forma de vivir del hombre y la sociedad. Entonces, es evidente que para Sócrates el conocimiento es un medio necesario, imprescindible para la acción.

¿Qué se entiende como la ética Socrática?

Para Sócrates la virtud y la razón no son contradictorias; son complementarias; en la doctrina socrática se equiparan la virtud y el saber.

La única condición puesta a la sabiduría es que sea auténtica, cuando se logra esta condición, se descubre que el conocimiento lleva a la vida virtuosa, y viceversa. Para Sócrates, sin el constante razonar el descubrimiento de lo que es ser justo, bueno y virtuoso es imposible.

Se puede imponer la virtud mediante la ley y dando el ejemplo, cosas necesarias para la virtud; pero no imprescindibles para que esta se mantenga, pues para que se mantenga en la conducta humana es imprescindible que aparezca como resultado de una búsqueda racional, en el curso de la cual el hombre va adentrando en sí mismo a medida que se descarta la curiosidad y se llega al conocimiento.

Se puede pensar que Sócrates afirmaba que el conocimiento en sí conlleva a la virtud, el conocimiento general de cuestiones técnicas; donde sólo por saber cómo se hace adecuadamente un edificio automáticamente el poseedor de ese saber se hace virtuoso. No, nada más lejos de la realidad. Cuando Sócrates se refiere a la razón y al conocimiento lo hace refiriéndose a conocimientos que ennoblezcan al alma; hacerse consciente del valor de la bondad, la humildad, la caridad; entre otras, es lo que lleva a la virtud. En tal sentido, el hombre se acerca al mal en la misma medida que desconozca éstos valores que llevan a la justicia, a la virtud.

En tal sentido, la base de sus enseñanzas es la creencia en una comprensión objetiva de los conceptos de justicia, amor y virtud y el conocimiento de uno mismo. Creía que todo vicio es el resultado de la ignorancia y que ninguna persona desea el mal; a su vez, la virtud es conocimiento y aquellos que conocen el bien, actuarán de manera justa.

La grandeza de Sócrates radica en practicar lo que se profesa hasta las últimas consecuencias; practicar el idealismo profesado. Víctima de una injusta condena, producto más de la envidia que de la verdad; sin vacilar procedió a ejercer su condena; pero manteniendo sus ideas sin arrodillarse, sin morir, ante ese tribunal que le arrancaba la vida pero no la grandeza de sus ideas.

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