martes, 13 de julio de 2010

Educación y Virtud

El ejercicio de la virtud es indispensable para la existencia de la democracia. Un sistema democrático puede o no legitimarse si la virtud está presente dentro del existir del sistema.

En la conformación del Estado, no solo los entes de administración gubernamental deben regir el poder. Dentro del Estado verdaderamente democrático participan diversas fuerzas: Gobierno y representaciones ciudadanas. Entre las mismas es menester la existencia de comunicación y respeto por las ideas del otro; para que en libre intercambio de ideas subsistan la democracia y se legitimen los factores de poder.

En este sentido, destaca la comunicación como requisito indispensable para concretar el bienestar ciudadano. Entendiéndose comunicación no sólo como el libre y ético ejercicio de los medios de comunicación social de masas, sino igualmente, la expresión de opiniones de los diversos entes representativos ciudadanos; obreros, empleados, industriales, comerciantes, estudiantes, universidades, productores agropecuarios, partidos políticos, religiones; en conclusión, la sociedad civil organizada, en constante diálogo con la representación gubernamental. Diálogo donde es menester la tolerancia, el reconocimiento de la legitimidad del otro; lejos de las persecuciones y el menos precio.

Cuando lo planteado anteriormente no se instaura en un sistema democrático, el sistema degenera en una actitud paternalista por parte de la administración estatal y el ciudadano se hace ente pasivo conformando una masa amorfa lejos de la racionalidad ciudadana. Entonces, el paternalismo degenera en inertes por mantener el poder el mayor tiempo posible con miras a alcanzar el bienestar pero de los administradores y la masa amorfa mal llamada ciudadanía admira al caudillo de turno esperando sus dádivas.

De manera que, no es erróneo afirmar que un sistema democrático no es tal sólo por llevar esa denominación la administración de turno, ni porque eventualmente se asista a urnas electorales a cambiar o no al mandatario (dado el caso que aún hallan elecciones pulcras dentro de un sistema paternalista) ; no, muco más allá de los requisitos de denominación y la alternabilidad de los gobernantes, la democracia exige del ejercicio de la virtud para su subsistencia y validez. Ejercicio sano del poner que persigue el bienestar de la colectividad.

Los principios de tolerancia, comunicación, reconocimiento y respeto por el contrario no se identifican con un sistema económico específico. En el pasado se relacionó que el sistema económico denominado libre comercio estaba acorde con las virtudes ciudadanas, ya que el ejercicio de la libertad comercial garantizaba el libre y sano desarrollo democrático de los pueblos; la historia ha demostrado lo contrario. La democracia sana que dignifica al ciudadano está lejos de sistemas voraces económicos.

En contrapartida a lo afirmado en el párrafo anterior, lo contrario a un comercio libre no necesariamente lleva al desarrollo democrático. Pues, en sistemas llamados de izquierda, donde aparentemente el capitalista pasa a ser el administrador del estado, tampoco se desarrollan los valores democráticos esperados.

Tanto los sistemas donde el comercio es libre o restringidos, puede no estar presente el ejercicio de la democracia como característica de administración. Entonces, en estos casos, cuando existen exigencias ciudadanas las mismas suelen desencadenar violencia al no verse escuchadas o solventadas. En este caso, la violencia genera violencia manchando de sangre las páginas de la historia.

No son pocos los casos en la historia donde actos de violencia surgen luego de la intransigencia, el menos precio y la sordera de los entes de administración; recordemos los eventos de la revolución cultual en China (iniciada en 1966), el denominado Mayo Francés en Francia en el año 1968, la revolución rusa (1917); y más cercano a nuestra latitud, la masacre de abril de 2002 en Venezuela. Sucesos donde la obcecación y los oídos sordos llevó a una escalada de crimen que concluyeron en derramamiento innecesario de sangre y el reino de la barbarie.

La democracia no es la dictadura del administrador de turno ni la hegemonía y anarquía de la sociedad civil; es, indudablemente, la coexistencia de diversas opiniones en un escenario común. Es saber que tengo derecho a expresar mi opinión y ser escuchado; pero, sobretodo, renunciar a mi apreciación subjetiva de la realidad para tolerar al otro, y aceptar su opinión si es el consenso de la mayoría. Además ser parte activa de la concreción de la planificación acordada por la colectividad así la misma diste de mi concepción; porque no necesariamente lo que yo creo que el bueno así lo es, ni lo que yo tengo como vía para concretar mi bienestar conlleva al bienestar del colectivo en su aplicación. De esta manera mi verdad es escuchada, atendida; pero necesariamente queda supeditada al consenso general. Consenso al cual me debo.

En una sociedad sana, no existen las imposiciones que contradigan los derechos humanos. Los argumentos se plantean con suficientes razones, con la finalidad de que los mismos entren en intercambio con otros argumentos; y así, al llegar al consenso, determinar los caminos a transitar por la sociedad.

En el marco de ese diálogo social, es necesario que las partes se comprometan con las razones esgrimidas; de este compromiso surge la perdurabilidad en el tiempo de los acuerdos. Pues, sin compromiso no existe continuidad; y, la sociedad estaría condenada a dar tras pies de un lado a otro, sin concretar objetivo alguno.

Ahora bien, otra de las características necesarias para poder concretar un efectivo diálogo social es el reconocimiento como símil de los entes relacionados dentro del fenómeno. De esta forma, se proscriben las imposiciones, y se permite la libre expresión y discusión de las ideas racionales.

En la historia política de los pueblos son muchos los casos de intolerancia y pocos los de ejercicio sano de la democracia, pues el mismo exige un esfuerzo de la sociedad, desde la formación adecuada de los individuos a nivel educacional, la instauración de una sana comunicación, formación de una apropiada representación ciudadana y la creación de espacios de intercambio de opiniones. Exigencias mínimas para que la virtud y no la barbarie se traduzca en una forma de gobierno idónea que garantice el bienestar de la sociedad.

Educación como factor de transformación social

La educación como medio para inculcar valores apropiados para la transformación del hombre a ciudadano es un requisito fundamental para que la democracia sea posible. El hombre es un animal que al nacer tiene la capacidad innata del raciocinio; esta capacidad es reforzada o no según la educación que este recibe. La efectividad del proceso educativo será determinante en la adquisición de un adecuado raciocinio en el individuo.

En tal sentido, la educación no es un factor de alienación, es factor de modelación de la personalidad, la cual genera bienestar en el individuo al practicar en el espacio público los valores adquiridos. Pues, entendemos como alienación todo aquello que distorsiona la personalidad del hombre, al sembrar en él antivalores que lejos de la equidad y la justicia desembocan en la no transformación del hombre en ciudadano y a su vez llevan a la despersonalización.

Ahora bien, implantar una forma adecuada de educación en la sociedad exige de la voluntad social para querer hacerlo; más allá, mucho más allá, de encendidos y críticos discursos políticos. La educación exige de la toma de conciencia de todos los factores involucrados, ya que, no es el número de escuelas y maestros lo que hace eficiente la educación, sino la calidad de la misma. Pueden existir innumerables escuelas y educadores, todas repitiendo una y mil veces los conceptos encontrados en el estudio del mundo físico, sin crear ciudadanos, solo profesionales que obtendrán el conocimiento de las células, las enfermedades, cómo se hace una carretera o un edificio, pero jamás ciudadanos aptos para participar activamente dentro del mundo público; dentro de la política, que es la administración del bien común.

En el mundo actual, que se diferencia radicalmente del mundo griego, por el número de herramientas tecnológicas con las que contamos, ciertas miseria sociales en lugar de atenuarse o contrarrestarse se acentúan. Parece cada vez mayor el número de desigualdades e injusticias sociales. No lejos de centros de comunicaciones, aeropuertos, hospitales con las últimas tecnologías operativas, viven las miserias sociales.

En una sociedad caracterizada por el manejo tecnológico, que jamás ninguna civilización soñó emplear, se agravan las injusticias sociales cada vez más, sobretodo en Latinoamérica. El por qué de esto, es la pregunta que inmediatamente nos embarga. Con el propósito de hallar respuestas, debemos recordar al crítico del postmodernismo, el filósofo francés Jean-François Lyotard (1924-1998), quien entre no pocos, afirmó el derecho a la admisión de desigualdades de posición dentro de la sociedad; el derecho a expresar libre y eficientemente mi pensar como ente perteneciente a un grupo; y, la crítica a la modelación de seres homogenizados por factores alienantes dentro de las sociedad, dichos factores se expresan sin control dentro de los medios de comunicación y sus nuevas tecnologías como parte de una educación, que lleva a la despersonalización y a la alienación. Además, es menester recordar al escritor ingles Oscar Wilde (1854-1900), quien afirmó que el problema no es la tecnología sino el uso que de ella hacemos.

Así mismo, en la sociedad contemporánea, el problema radica en que se han descubierto un sinnúmero de adelantos tecnológicos sin poner en práctica valores básicos que lleven a la justicia. Si este problema no es atacado de raíz, parecemos condenados a repetir los errores hasta que la alienación y despersonalización lleguen a grado tal, que la masa amorfa sea el rebaño dominado, en lugar de una sociedad conformada por ciudadanos.

Entonces, qué hacer ante este marco descrito? Renunciar es entregar la sociedad a la barbarie; mientras las voces que disienten se expresen aún hay posibilidad. Es menester que los concientes de esta realidad descrita sigan persistiendo para que las transformaciones se puedan realizar. Para que, con el esfuerzo común, la educación deje de ser la mera magnificación de lo tecnológico y transforme este kindergarten de la tecnología en escuelas para modelación del hombre en ciudadano, para que la siembra de valores convierta al individuo en ciudadano activo, crítico en el espacio público; y, la justicia social se haga presente.

Sin restarle importancia a la enseñanza sobre el uso de la tecnología, no se debe olvidar inculcar valores éticos en la educación. Por tanto, obras como la Ética a Nicómaco, de Aristóteles (384-322 AC), deben adquirir vigencia dentro del sistema educativo… Educar para enseñar a vivir con virtud, es la urgente necesidad.

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